14 abril 2012

EL NAUFRAGIO DE ESPAÑA


Cuando nuestro país atraviesa la peor crisis de su historia democrática, cuando esta nueva y rica España que parecía un 'Titanic' insumergible se hunde sin remedio en las profundidades del océano, cuando la situación es más desesperada que nunca y sólo cabe confiar en la pericia de los gobernantes para 'salvar los muebles' en medio del desastre, la percepción sobre nuestra casta dirigente no puede ser más deprimente.

Ahí tenemos al jefe de la oposición socialista, Rubalcaba, el corresponsable de la actual situación del Estado porque dejó España arruinada como país y descuartizada como nación, clamando contra el gobierno del PP, negando su apoyo a los acuerdos nacionales que antes reclamó, y apareciendo como un patético y resentido demagogo.

Pero ahí tenemos al flamante nuevo presidente de gobierno, Rajoy, con su mayoría absoluta, con sus medidas antisociales que no van al fondo de las causas políticas que han convertido este Estado en inviable e insostenible, que no son otras que la corrupción y el despilfarro generalizados en las Autonomías y la partitocracia, y que abrumado por su fracaso en cien días de gobierno se ha escondido en el garaje del Senado a esperar ilusamente que escampe.

Sólo nos faltaba que la institución que reina pero no gobierna, la que debe dar una imagen de solidez y ejemplaridad por encima de la política y los políticos, la monarquía constitucional, esté también naufragando envuelta en procesos judiciales gravísimos, trifulcas familiares y accidentes cinegéticos del mismísimo Rey de España en el África tropical propios de una época y un país que ya no existen.

Esta nación está al borde del abismo pero sólo una pequeña parte de la sociedad reclamamos lo único que puede evitar el naufragio: una refundación total del Estado, que comience por la abdicación de un Rey irresponsable en el Príncipe Felipe, y prosiga por la reforma de la Constitución para racionalizar el Estado de las autonomías, eliminar diputaciones y fusionar ayuntamientos, dotarnos de una Justicia auténticamente independiente y de una ley electoral justa y equitativa, embridar a la partitocracia y al duopolio sindical, y en definitiva alumbrar un Estado acorde con nuestra realidad.