11 marzo 2006

UNA IZQUIERDA RELIGIOSA

Magnífico artículo el de Raúl del Pozo hoy en El Mundo sobre esa progre de salón, Rosa Regás, que tenemos como directora de la Bibliteca nacional, y que en un arrebato fanático ha ordenado retirar la estatua del insigne polígrafo Marcelino Menéndez Pelayo, gran intelectual español de inclinaciones católico-conservadoras. Esta señora de la gauche divine no es una iletrada como lo es nuestro presidente, el Adolescente, genialmente bautizado así por Arcadi Espada, pero es tan sectaria como él. Ambos pertenecen a esa izquierda religiosa que dice Raúl del Pozo, por dogmática, sectaria e inquisitorial.

El cíclope

RAUL DEL POZO

Tengo libros fusilados: la edición EDAF de Buenos Aires de El Capital con la portada verde llena de cucarachas. En ese primer tomo de Marx he subrayado que el diezmo entregado al clérigo es mucho más que la bendición de éste o que en tres generaciones la raza inglesa ha devorado nueve generaciones de obreros. También tengo muy señalado los deslumbrantes tomos de Ortega de la Revista de Occidente. Pero sobre todo, he entrado como un ladrón en la Historia de los heterodoxos. Ese sabio de Santander, al que le gustaban las sotas y el coñac, me desasnó.

Ahora van a quitar su muñeco de la Biblioteca Nacional en una iconoclastia de marketing típica de la necrolatría de comisarios, en esta democracia sectaria que empieza a pudrirse. La derecha y la izquierda son religiosas, es decir, sectarias, dogmáticas, partidarias de las hogueras para el disidente. Cada partido reverencia a sus cadáveres y les da sus santos óleos. Ahora entierran entre adulaciones a Francisco de Ayala, hombre digno de respeto, pero escritor sin lectores. Ha hecho atinadas reflexiones sobre la oratoria parlamentaria, en la II República y algunas novelas menores y lo están sobando hasta la indecencia porque es de la cuerda de la mayoría que gobierna mientras decapitan a Menéndez Pelayo.

Tengo como un tesoro los dos tomos grises de Los heterodoxos con un ciervo en la cubierta. Es de la biblioteca de autores cristianos, pero a mí me ha enseñado más escepticismo e impiedad que Voltaire. Los dos tomos han envejecido conmigo. Gracias a ellos conozco la fabulosa historia de Juan Valdés, hereje de capa y espada de Cuenca, y otras historias de herejes a los que fustigaba, mitificándolos. Machaca a los erasmistas, a los nigromantes, a los arrianos, a los priscilianistas, a los judaizantes, a los mahometizantes y, cuanta más caña les da, más simpáticos te caen.

Marcelino niño burlaba la vigilancia de su madre y se llenaba los bolsillos de cabos de vela para alumbrarse en el insomnio creador. El solo fue una biblioteca. Antes de él, nos ignorábamos, dijo Valera, con el que se carteaba. Ortega le denominó «ese señor», pero el propio Don Marcelino intentó que nuestro pueblo aprendiera a no leer la Historia como una diatriba sacrílega contra la grandeza de nuestros mayores o un cuento que nos adormece con los ditirambos de Pavía, San Quintín y Lepanto. Es verdad: fue católico y definió a España como martillo de herejes, luz de Trento y espada de Roma, pero ordenó, investigó y aclaró la imaginación española de todos los tiempos. «Es el mayor escritor en lengua castellana de los últimos 100 años», dice Pla.

Como trabajó en el archivo de El Vaticano, propongo, antes de que vendan su busto en el rastro, que lo envíen a Roma para que no pase como en Toledo, cuando los anarquistas iban a quemar un Greco y el poeta miliciano les preguntó por qué: «Porque es un santo», respondieron.